sábado, 26 de abril de 2014

Contradicciones 2: Peñate se dió de baja.


Vaya, vaya, Peñate, quien te ha visto y quien te ve. Ahora mientras me cuentas de afganistán te recuerdo en la plaza de san telmo donde acampamos durante un mes para nada. Que cosa mas linda Peñate, diciendo no a la guerra de Irak, no a la ilegal brutalidad en el mismo sitio donde cada año se celebra una misa en recuerdo de franco.

Que poco conocías aquella tierra en aquel entonces. Pero cuentame, sigue contándome como conducías el jeep por pueblos en la montaña, el impulso vital de los niños, la hospitalidad de sus gentes, como cambiabas comida por armas, como en el descubrimiento pausado de los meses llegaste a conocer a aquellos habitantes de las montaña que te espantaron el demonio de la mente. Pero no te me quedes solo en la sugerente efervescencia de lo pintoresco, cuentame además como transportabas mercancía de la peligrosa hasta los campos de opio. Un jeep con representantes de compañías farmacéuticas holandesas y alemanas conducido por ti, eso si te quemaba por dentro !eh Peñate!, vendiendo la vida de esos niños a un holandés que no dijo ni mu en dos horas de viaje por carreteras empedradas y cordilleras ocultas.

Por supuesto, tú solo conducías un jeep. Pero a ver como me explicas eso de no renovar tu misión, de los no se cuantos miles de euros rechazados, a ver como explicamos a la gente de que por culpa de eso precisamente tuvieras que limpiar retretes, te aplicaran arrestos de franco ría, y sufrieras las tareas más duras del cuartel. Esa marginación de los compañeros por no renovar en una misión que definitivamente no era la tuya. A ver Peñate si tienes valor de contarme que contradicción te comía por dentro. A ver como me explicas eso de que te dieras de baja de esa profesión y te hicieras civil trabajando en un taller de coches en Zaragoza, que eso si era lo tuyo, sin contradicciones. Pues que problemas de tu gente arreglabas allí, que te aclaren que tenía que ver el conflicto pesquero canario-sahariano con los intereses de farmacéuticas europeas en afganistán. ¡si peñate, te estaban globalizando!.

Y sobre todo, en todo, a ver como le cuentas al mundo ese sueño que a veces te llega de las sombras en el que un campo de niños hecho de amapolas es cortado, uno por uno, desde el tallo, por un holandés para colocarlas en un botiquín que tu llevaras a la posta del cuartel. Vaya , vaya, peñate, quien te lo iba a decir.

EL RELENTIZADOR.

    Su panza boca arriba se abrió en canal y algo de aquellas entrañas de pus salpicó en las gafas del abuelo, era normal el pulso del abuelo con el bisturí. Varias veces me planteé marcarle alguna raya de anfeta para estos procesos pero el viejo no era de esos que dopan la curiosidad por su decadencia, siempre tan real el abuelo.
     Las antenas no pararon de moverse durante algunas horas , la cucaracha quedó ahí, destripada, arrimada a una esquina de la mesa sobre su papel, como reliquia de un experimento que era un misterio en aquel entonces.
     El cuarto del abuelo era un laboratorio, en sus 4 metros cuadrados se cocinaba el mundo. La cama bajo la ventana pa despertar a las primeras luces, un pequeño ropero donde quedaron olvidadas, a causa de utilizar siempre la misma ropa ,dos piezas por vestimenta, y frente al ropero la vieja mesa provista de probetas y mechones.
     La experimentada mesa aun aguantaba a pesar de su desgaste,estaba echa a prueba de bombas se podría decir. Sobre la mesa tres niveles de estantería, en el último tres libros recostados sostenían un montón de libros de química puestos de canto. Los tres libros durmiendo sobre la estantería eran uno de Nietzsche , uno de Freud y otro de Sartre. Una vez le pregunté al abuelo quienes eran y el me contestó que un loco,un cocainómano y un anfetoso y ya no quise preguntar más.
     El primer nivel eran unos frascos con inscripciones en árabe que contenían toda clase de polvos y semillas. En el segundo nivel de la estantería un tarro con un guiño levitando dentro, un ojo disecado de un exótico mamífero de 4 ojos, que por lo visto era un cuadrúpedo de las selvas centroamericanas. El abuelo nunca contó como llegó eso hasta la isla, de pequeño siempre pensé que era el ojo que le faltaba al abuelo. El ojo andaba flotando en Ñark, que según él era el jugo de unas semillas que un amigo le había enviado de una ciudad de África llamada Touba o toubab, no recuerdo bien, y que era muy buena para la vista.
    Bajo la estantería, y entre las probetas de cristal italiano, dos relojes alarmas que sonaban a distinto tiempo, uno para el cocinado químico y otro para medir el tiempo de enfriamiento de las mezclas.
    Bajo la mesa una garrafa de 25 litros de Metanol a 25 euros, del que no se encuentra en canarias y con el que el abuelo fabricaba biodiesel. La garrafa tenía una larga pluma blanca adosada a la tapa.
    Para rematar un montón de cuñas afirmaban la bailona mesa que de tanto uso químico comenzaba a marcar en la superficie el relieve de los aros de corteza del árbol origen.
    El abuelo no me dejaba tocar sus cosas. Yo las observaba a distancia, y desde mi imaginación, herencia del abuelo tal vez, jugaba con ellas.

    Ya desde hacia unos 5 meses antes del destripamiento de la cucaracha el abuelo andaba mas absorto que de costumbre. Sobre todo después de aquel día que mi padre salio tarde de casa para embarcarse en la plataforma. El viejo se puso como una furia con el abuelo, “que ud porque tarda tanto en orinar”, “que por la mañana yo tengo que salir bañado a trabajar” y recriminarle a la vieja que por culpa de su padre hoy no embarcaba y a ver que comemos luego. Pero la vieja nunca callaba y contestaba a todo con el “ya está bien, deja a mi padre en paz”.
   Y al rato cuando ya el viejo salia susurrarme el abuelo que mi padre era un chiquillaje, “que mira ahora lo que está haciendo sacando petroleo pa los españoles, que si acaso el tendrá trabajo mientras el resto del barrio se arriesga a hacer cosas como pescar jacas en luna llena. 4 puestos de trabajo y se nos llevaron el petroleo, ni en Nigeria. Pero claro eso que coño le importará a tu padre, bien canario el cabrón” sentencia con culpa.

   Desde aquel día, el abuelo, después de mandarse el plato de papaya con azúcar que la vieja le sacaba fresquito de la nevera, y para no molestar, se iba a orinar a la acequia. Y así volvía a enfrascarse en su laboratorio con las manos humedecidas de orina y pegajosas de papaya seca, siempre tan limpio el abuelo.

   Al viejo nunca le gustó que el abuelo estuviera encerrado en su laboratorio de madera, “en vez de estar con los cacharros esos, debería hacer algo útil este viejo”, y la replica constante de la vieja “deja en paz a mi padre” mientras el abuelo presente no decía ni mu, cualquiera entiende al abuelo también.

   A mi el abuelo siempre me cayó bien, le compraba aquel tabaco, puras virutas de madera, a escondidas de la vieja. A cambio él me prometía que nunca probaría sus experimentos conmigo y ya me dejaba el día preocupado. Me gustaba, cuando se dejaba, verlo concentrado en sus experimentos, frunciendo sus cejas de tentáculos, con la sombra sobre las probetas de un bello cobrizo que le afloraba de la nariz. Era tuerto, un solo ojo controlaba los experimentos, por eso siempre requería mi ayuda, ademas de por tener unas rodillas a su edad de porcelana china.
   Pero el abuelo estaba tan seguro de si mismo que parecía que solo tenia que estirar el brazo hacia el infinito, desde el columpio de sus experimentos, para embarcar en el tren que surcaba los cielos.

   El día de la cucaracha él me pidió ser testigo de un experimento insólito, y el abuelo era serio en sus afirmaciones así que la excitación me privó la intriga. Me dijo que me quedara en una esquina y le hice caso por temor a que callara para siempre conmigo como había echo con el viejo.
   Comenzó escogiendo un frasco con liquido del color de la cerveza, lo sostuvo a trasluz de la ventana, se viró y me dijo “ lo que acaba en la acequia”. Lo vertió en una gran escudilla de cobre “cobre del bueno, chileno”. Luego metió el ojo de selva panameña en la escudilla, lo agitó y lo volvió a sacar, le pregunté al viejo porque el ojo lo volvía a sacar, a lo que me contestó que quería comprobar si aun flotaba. Que de secretos el abuelo.
   Lo de la papaya, era mas de lo mismo, extrañeza tras extrañeza. La partió por la mitad y la majó hasta que quedó un barro arcilloso lleno de hebras que acabó también en la escudilla de cobre. “Papaina con urea el despigmentante fundamental" me sonrió el abuelo, y yo ya intuí que alguna fortuna obtuvo al ser humillado a orinar a la acequia.
    Prosiguió mojando la angelical pluma en el bote de Metanol y revolvió con ella el caldo. Dos gotitas de un ácido sentenciaban lo que yo supuse un brebaje imbebible (1) . Aquella escudilla era una orgía.

    El viejo nunca probaba consigo mismo sus experimentos pues tenía una jauría de cucarachas, cochinillas, escarabajos y no se que mas bichos con los que probaba sus investigaciones.
   Sacó una cochinilla de su urna y con un cuentagotas le dejó caer un par de lágrimas, luego tiró la cochinilla al suelo, al instante se enroscó y rodó a su velocidad habitual pero en cuestión de segundos su giro bajó de revoluciones, cosa que aprovechó el gato para comérsela. El abuelo volvió a sonreír.
   Cogió esta vez la cucaracha, la selló sobre un papel y le aplicó la sustancia. Pasado unos segundos la rajó por su abdomen, “a ver cuanto tarda en descomponerse” dijo y ahí llegaba el abuelo a ese momento en el que solicitaba dejarlo solo. Te invitaba a salir siempre con la misma frase “esta cueva es solo para gente experimentada”.

   Ya para cuando la cena, el abuelo no esperó a que termináramos para comer como solía hacer. Se sentó al lado del viejo y esta vez los que enmudecimos fuimos nosotros. Incluso se adelantó a la vieja ofreciéndose a traer el caldero a la mesa, momento en el que vi al abuelo, al primer despiste familiar, soltar un par de gotas en el plato del viejo. Puta que me puse nervioso, pero con el abuelo siempre era así, había que confiar en él sin pedirle explicaciones.
    El viejo se quejó que su plato estaba húmedo y el abuelo sin mirarle le sirvió un cucharón con trozos de cherne, batata y papas, a lo que la jaya de mi viejo no podía replicar palabra. El viejo era de los que raspaban el plato con migas, sobre todo si se ha surtido con mojo.

   No dormí en toda la noche, me imaginaba al viejo enroscado rodando cuan cochinilla mientras un dragón le escupía un fuego que arrasaba a mayor velocidad que sus giros. Que terrible!.
   Mi vieja se levantó mas jovial que nunca, despertándonos a todos como si fuera día reyes. Desde temprano se fue al mercado. Ya eran casi las 8 de la mañana y el viejo todavía en el baño eso si era raro. Mientras preparaba el macuto para clase lo vi abrir la puerta feliz y parsimonioso, y antes de cerrarla me grito como en una letanía que hoy hiciera lo que me diera la gana. Y me lo tomé en serio porque volví a dejar el macuto en el suelo y fui a la habitación del abuelo que ya se encontraba en el baño.
   Estaba como siempre, el ojo abrillantado con Ñark, los libros de los drogadictos, la rígida pluma reposando en la mesa, las alarmas apagadas, el brillo del cristal a prueba de vibraciones de las probetas, todo estaba como siempre. Todo menos un detalle, la cucaracha que había sido destripada ya no estaba.






(1) métanla en la rae ya, que la utiliza to dios.







lunes, 3 de marzo de 2014

Ouacam

Es curioso Wacam, tiene un pulcro liceo francés frente al cual casi diariamente corren militares franceses hacia el cuartel que esta mas allá. Al lado de Wacam, pasando a Abdulay Wade y familia esculpidos contra el renacimiento se encuentra Mamel con sus hoteles y apartamentos de toubab, sus dibiteries caras y niños con bote en mano pidiendo monedas: “toubab” y el sonido de las monedas agitadas en el bote , “merci monsieur”.
Pero volvamos a Wacam y esas vallas de hojalata que al principio no sabía que escondían. Asomarse es descubrir sus baobab inamovibles por la confederación Lemu, vestigios de naturaleza que quedaron obsoletos para la planificación urbanística de esa zona de Dakar. Un ayuntamiento impotente ante una confederación que convierte Wacam en un puzzle, en unos paterres cercados y dentro árboles legendarios con nombres y espíritus. Prohibido si quiera tocar la casa de los espíritus advierten los Lemus, y poder han de tener porque el alcalde no se atreve y me imagino al concejal de urbanismo rompiéndose la cabeza intentando integrar algo que para unos políticos no tiene sentido. Cosas de animistas.
Pero a pesar de ese despertar a la modernidad que trajo la nueva carretera, también hay otro Wacam con sus casas de una planta en callejones sucios, atestados de gente a cualquier hora, como si se turnaran para dormir. A las 3 de la mañana hombres sedados de cansancio tumbados en un banco o en el descansillo a la entrada de una farmacia o en un puesto de mangos o los más despiertos jugando cartas, todo en la calle, como si la calle fuera una prolongación de la casa, como si toda la barriada fuera una casa.
Es el Wacam de los 15 miembros por diminuta vivienda, donde tal vez con suerte trabajen 3 de ellos mientras el resto deambulan a cualquier hora por Dakar, apresurados por el presente que les exige buscarse la vida.
Ni un tiro,ni una navaja, ni una pelea, ni un forcejeo, y ahí ya empieza a picarle a uno la duda de porqué esto no es Sierra Leona o Mali o incluso un polígono de Las Palmas en los años 80. Se queda pesando uno que esta gente tendrá que comer, que porqué no se fabricarán una hechiza como los cabros de las pueblas de Chile, porqué no irán sobre moto con un fierro escondido en la cintura como en Cali, ¿es que sus hijos no pasan hambre?, ¿es que no es digno robar para que el que llora mueva los dientes?.
Si, se queda uno con la duda, algo esta pasando en Wacam y a mi se me escapa. Como todo lo que me ocurre en Senegal habría de llegar a Touba para resolver el misterio.
Ya en Touba en la comunidad de Cheikh Dame, la mayoría de los talibés me cuentan que ellos provienen de Wacam, y ahi ya se me prende la luz con la que comen algunos miembros de las familias enlatadas de Wacam. Porque mientras residan en la comunidad no les faltará el plato de comida y trabajo en tolbi, y hasta un traslado apresurado al hospital en coche de marabout preocupado. Es la labor social que hacen algunos marabout de Senegal, esos que tienen tanta mala prensa en occidente y que libran a Senegal de convertirse en una fiesta de pistolas. Porque cuando el hambre reclama, perforar bolsillos se hace solución.
Son las formas de organización que no aceptamos los occidentales, porque habría que entender que cuando el colonialismo posee todos los medios la única lucha posible es la que exige una obediencia ciega, una seriedad en procesión por la que se da la vida, el humano y sus circunstancia, circunstancias que se obvian en occidente por la comodidad del contexto en que vivimos.
Es el semblante de Mame Cheikh Ibrafall en las caras de cada uno de los Fall camino de la casa de Mbacke Mbacke en korité, el paso vertiginoso de unos pies descalzos con la que se expresa una cabeza bien alta, en definitiva el “pastef” que defiende el “bernde”.
Según Gibril Fall, de Wacam y talibé de Cheikh Dame Fall, Mame Cheikh Ibrafall lloraba leche y sabía anudar franceses.



domingo, 2 de febrero de 2014

La magia del humano.


Abel que es mago de los que te sacan el niño de dentro me lo cuenta mientras nos desencaja con sus juegos de cartas en una mesa del Txiqui. Pero ya somos unos cuantos los que intuimos algo de juego psicológico en sus bailes de cartas y la pregunta se hace inevitable acerca si nos estaba estudiando los gestos mientras transcurría el truco, si nos estaba leyendo nuestras miradas, nuestros despistes para conducirnos a donde él quería.

Nos responde que para empezar él no tiene poderes (y eso ya tranquilizó a alguno), o al menos ninguno que vaya más allá del que todos tenemos con nuestra mente. Con porte didáctico profundiza contándonos sobre alguna prueba que hicieran unos psicólogos americanos a un condenado a muerte.

Este condenado (que era un jugador más en la mesa del Txiki) podría ser indultado si superaba la prueba consistente en amarrarlo a una camilla, hacerle un corte en la muñeca y que rezara los dedos para sobrevivir al vaciado sanguíneo.

Entre una silla eléctrica o el adormecimiento de un desangre el preso acepto la camilla. Lo que desconocía el preso era que el tajo hecho en la muñeca por los médicos era superficial, que  no tocaba venas o arterias y que apenas suponía la perdida de unas gotas de sangre.

Habían puesto una válvula debajo de la cama que goteaba suero sobre un cacharro y que comenzó a funcionar cuando se le hizo el corte al preso. El goteo en el cacharro eran campanazos en los oídos del condenado. Cada cierto tiempo a escondida de nuestro jugador el doctor cerraba un poco más la válvula y el goteo era más débil y el color de su piel más pálido. Cuando alguien cerró completamente la válvula el jugador sufre un paro cardiaco y muere sin haber perdido prácticamente sangre.

Después de contar esta historia, Abel, así con cara de médico cordial, con sonrisa de mago, nos ofrece seleccionar una carta entre un abanico, una carta que alguno eligió y de la que ya todos desconfiamos.

jueves, 9 de enero de 2014

Duelo de poeta carnívoro.



Porque así me lo contabas cuando concluías que la especie es machista, que el hombre no tiene la culpa de ser machista, que tú no tenías la culpa de posicionar aquella pistola en la sien de aquel mastodonte que te provocó en el recordado bar Rioplatense, mientras con sus brazos rodeaba a la tuya, a la solo tuya piba de cabellos negros y tez blanca. Rompiéndote las pelotas te dijo que “no sabía que estabas invitado” y ahí estalló tu orgullo de gaucho herido. Fuiste a buscar la pistola, y regresaste con el “como queré que me ponga la puta que te parió” y el fierro se puso duro entre los dos y era frío y dolía.
Y me argumentabas como aconsejaron a tu familia en la perrera que es mejor una hembra, que el macho en celo te deja por una perra pero la hembra nunca deja a su dueño.
Y volviste al bar y a la pistola, donde tu mano de hierro escupía el “tú concha de tu madre”. Se cagó encima mientras decía entre palabras tartamudas que disculpa, que no sabía, que la vi sola y pensé.
Y entonces tu poeta de sangre peronista te echaste fuera del tumulto con la velocidad a la que palpitaba el corazón en la sien del retado, duelo de machos, respeto de argentino mancillado. Te esquivaría por siempre creyendo que estabas loco, desconociendo que padecías pasión de poeta devorador de palabras hechas de carne.
Y que otra cosa podías hacer tú conjurador de palabras sino esperar todo un mes de tus disculpas y sus reproches hasta que te volviera hablar tu musa asustada de gaucho duelo de comedores de carne. Y pedías retornar su amor alegando que la pistola era solo de aire comprimido, que solo disparaba balines para matar conejos o palomas, que era de mentira pero que ambos sabíamos que también era de verdad.
Y que tu penitencia a tanta hombría fue que te dejara varado los 30 días que tarda en regresar la luna nueva. Así me lo contabas poeta de lastre argento con tu elocuencia porteña en aquel otro bar flamenco de Madrid, donde una mina te descocía la pasión mostrándote sin pudor unos floreros de sobacos y una selva en las piernas, porque según ella la depilación era cosa del machismo.


Rafael



Ay Rafael que fue el hilo de aceite humana
saliendo de aquella plaza de toro lo que te robó el sueño por dos años,

tu oculta espalda de metralla,
tu marca de bala en el gemelo,
tus rodillas astilladas,
tu cabeza dura que es mi cabeza dura.

Tus ansias de saber robada,
tu flor cegada por un mando superior,
tu país robado,
ella en brazos de un mando superior.
  
Y con el tiempo la metralla fuera,
el insomnio fuera, ella fuera.
Todo para que conocieras a mi abuela.
Ay Rafael que te conocí ya con la cabeza blanda.
Ay Rafael tu rencor olvidado del que salí yo y lo estoy contando.


Mujeres que quieren salvar al mundo




La primera vez que se lo noté fue en la laguna de Villarica, cuando Coni sentada en aquella charca podrida perdía su mirada en una diagonal en aquel entonces indescifrable. Le cayó una lágrima ovalada de dibujos animados tropezando por una cara como de tristeza aceptada, y no recuerdo si esta gota de las entrañas acabó mezclada en la espuma envenenada de contaminación por la industria de la celulosa.
Luego no sé si fue en Conce o Valdivia cuando se lo volví a sentir, era ese gesto tierno de querer salvar al mundo. Muy seria, desprendiendo toda esa magia de puma andino mientras yo le retaba que no había mucha plata, que su artesanía y mis peluches apenas daban para las humitas y la bencina de la combi. Pero ella llevaba el sello de las que se empeñan en ser curanderas de almas y acabé pagando dos completos a aquellos cabros que en la puerta del bar mendigaban el suyo.
Así se lo conté años más tarde a Mardy, esa mujer asiática que cree fue dada a luz para servir al mundo. Ella lo mismo estuvo enseñando inglés a los pibes de los cerros de Valparaiso que armando platos de muchas especias para mucha gente mientras cruzaba continentes.
Mardy me cuenta que quiere hacer un documental (y personas así la acaban haciendo) sobre Lieve. Ella piensa que así puede sanar su relación con los hombres.
Lieve es otra de esas mujeres que busca imperiosamente refrotar el ánimo ajeno. Vive en Bélgica con una extraña enfermedad que la condena a fatiga crónica.
Según me cuenta Mardy con ella brota la afinidad de la que no te deja preocupación sin compartir. De esta forma, Lieve, hasta pasará en el borde de una cama, que era una tumba ya, la agonía de la muerte de un amigo tocado de una enfermedad terminal.
Pero es un trauma lo que lleva a Lieve a ayudar a todo lo que palpita. A la edad de 19 años fue brutalmente violada hasta el punto de desgarrarle por dentro mientras la noche escuchaba imaginados gritos de ayuda callados por la vergüenza.
La misma vergüenza que padecieron Coni y Mardy.